
Por Uriel Bederman
Hay algunas palabras volcadas en una lista.
Hola.
Mamá.
Marina.
Papi.
Autito.
Y Rocito.
Una máquina inaudita las ha medido.
Se la enchufaron con cables y gomitas en la cabeza del hombre,
Que fue niño,
Y en su pecho,
Retumban las reiteradas sílabas.
Y un día,
Acaso ascienda en el inventario la expresión “achis”,
O “achus”,
(Dependiendo la magnitud del microbio),
Y “ay qué sueño”,
“Qué hora es”
“Qué tal la cosa”.
Y, también, entre ellos, su propio nombre:
En ocasiones,
En los rincones solitarios del día,
Se llama a sí mismo,
Casi a los gritos,
Él se llama,
Y sin quererlo,
Su nombre se mete a codazos en el podio,
Una lista impresa a chorro de tinta,
Que la máquina inaudita escupe,
Como si se tratase de un tiquecito,
O alguna ayuda memoria para el bicho que camina entre las góndolas de un supermercado:
Papás.
Leche.
Papel de cocina.
Mamá.
Un periódico,
Una mañana fría,
Rotulará:
“Científicos de la Universidad de Massachusetts lanzan al mercado una máquina capaz de identificar las palabras más utilizadas a lo largo de la vida de un hombre… Casos de estudios preliminares arrojaron la intrigante evidencia: si se imprimiese en un papel la cantidad de veces que K (objeto de estudio) ha dicho la palabra `Cigarro´ la longitud del mismo alcanzaría los 739 kilómetros. Mientras tanto, juegan con la serpentina en un laboratorio y en los ratos de ocio buscan una cura para los pulmones ennegrecidos por el tabaco."
No hay comentarios:
Publicar un comentario